Una deuda que siempre tuve con mi ciudad era explorar los rincones de comida étnica. Ahora, en parte gracias a la posibilidad de compartir con el resto de la gente mis experiencias, me voy animando lentamente a hacerlo y así fue como llegamos a Ermak. Se trata de un restaurant en pleno centro de Almagro (Billinghurst 815), relativamente cerca del Abasto y del Konex, lo que lo hacen ideal para ir a cenar justo después o antes del algún espectáculo.

Ambientación

El lugar es chico pero acogedor. Al entrar nos encontramos con una gran bandera con la hoz y el martillo en el centro. Hay fotos de Lenin y muchos recortes de periódicos en los que se habla del propio bar y de su historia. Hay mesas de 4 y de 2 personas. Por como están distribuídas (y por la cantidad de gente que acude al lugar) parece bastante difícil poder armar una mesa aún mayor, pero sería cuestión de pedirlo.

La historia

Diferentes personas me contaron diferentes historias respecto de Ermak. La que aparece en algunos recortes en las paredes dice que el chef, junto con la hermana y una amiga, habían emigrado de Rusia a Ucrania, donde él estudio cocina. Después, sin estar del todo claro por qué, decidieron venir a América del Sur, y en su camino a Chile terminaron estableciéndose en Buenos Aires. Esas casualidades de la vida, que nos dejaron algo súper sabroso en el camino.

La comida

El menú es variado (tampoco demasiado) y hay para diferentes gustos, inclusive para vegetarianos. Aparentemente la tesis para recibirse, el Chef la había hecho sobre "la suprema a la Kiev", por lo que era imperativo probarla. Realmente tiene un gusto súper suave, el pollo se desarma ni bien lo colocamos en la boca, al igual que la manteca, que aún se está derritiendo cuando le hacemos el primer corte. No resulta para nada extraño a lo que los argentinos estamos acostumbrados.

Pescado en Ermak

El otro plato que probé fueron los varenikes, una especie de ñoqui, sin forma de ñoqui, y sin sabor a ellos tampoco. pero el gusto me resultó familiar. Ahí fue cuando me surgió la duda sobre si sería comida rusa en serio o si se trataría de una adaptación al paladar argentino, tal como sucede con la comida china, por ejemplo.

Finalmente probamos un dulce (después de un plato bastante abundante, el dulce fue un acto de gula más que de necesidad). Lamentablemente no recuerdo el nombre exacto, pero estaba preparado con ricota. Realmente exquisito. Un gusto que no llega a empalagar, con un contraste entre lo dulce y el queso que lo hizo realmente sorprendente.

La Atención

Los recortes del diario hablaban de una moza que era casi como un ángel, rubia, de ojos azules y que se movía con delicadeza. A nosotros nos atendió una moza con esas características, solo que no era tan angelical como uno la esperaría. Fue una moza reservada, habló poco y se le notaba un acento extranjero. Dedujimos que era una de las que había emigrado desde Rusia. De todas formas fue servicial, la comida no se hizo esperar. Aparentemente se ofrece una copa de vodka, cortesía de la casa, pero no tuvimos el ofrecimiento. Quizás haya que pedirlo.

9/10

Conclusiones

El lugar es simpático. La ambientación es tranquila y responde a lo que esperaríamos de un lugar ruso atendido por gente entre 20 y 30 años. Es chico, así que llegar temprano es imperativo para conseguir mesa, especialmente en fechas críticas como viernes y sábados. La comida es muy rica, no tiene sabores realmente novedosos, pero la preparación sí lo es. Aquellos que quieran adentrarse en comidas regionales, creo que es un muy buen comienzo, ya que no nos encontramos con nada demasiado extraño. Los precios son muy accesibles, gastando del orden de $30/$35 con un plato, una bebida y un postre compartido.

Foto: SaltShaker