Conozco alguien a quien podría pasarle que, acabando de llegar a una ciudad nueva a sus ojos y tras salir a la calle el primer día -sin la dirección del lugar donde se hospeda-, regrese y dure horas dando vueltas por el barrio, tratando de encontrar la casa donde debe dormir esa noche. Me divertiría mucho ver qué situación absurda podría sucederle a esta persona si en una visita a Buenos Aires se quedase en el Pasaje Rodolfo Rivarola.

Esta callecita ubicada en el barrio San Nicolás, en el centro de la capital, que se extiende apenas una cuadra -de Bartolomé Mitre a Juan Domingo Perón- y que corre paralela a Uruguay y Talcahuano, tiene una particularidad: es igual en las dos aceras, como un espejo. Con una arquitectura de estilo francés, en el pasaje se encuentran sobre todo edificios de vivienda proyectados en los años 20 del siglo pasado por la firma Petersen, Thiele y Cruz. En un principio el lugar pertenecía a la Compañía de Seguros La Rural y así fue bautizado, pero en 1957 cambió su nombre por el actual, en homenaje a Rodolfo Rivarola, un pensador argentino nacido en Rosario, que vivió entre 1857 y 1942.

Caminar por el pasaje produce una sensación extraña, pues no es habitual encontrar en la ciudad tanta simetría. Es un lugar precioso, un paréntesis que nada tiene que ver con el caos ruidoso del centro. Casi desierto, al caminar por él se tiene la impresión de haber entrado en otro espacio-tiempo que no responde al ritmo frenético de día laboral y hace olvidar que la inmensa 9 de Julio corre munstruosa a menos de tres cuadras. Por algo ha sido varias veces utilizado como locación cinematográfica... Si Harry Potter se hubiera filmado en Buenos Aires, seguro que en este pasaje se encontraría la tienda de varitas mágicas.

Además del encanto de sus edificios, hay dos locales que vale la pena visitar: una casa de relojes y una librería:

La primera es Casa Raab (Rivarola 134), el tradicional negocio de Miguel Raab -quien tendrá hoy ochenta y tantos-, hijo argentino de un peluquero húngaro que lleva más de sesenta y cinco años en el oficio de arreglar relojes. En su Casa los hay de pulsera, de pared, de péndulo, de arena, de bolsillo... pero él no los usa.

La segunda no es una librería común, sino de arte. Terrible para los que tenemos debilidad por los libros de fotografía o de diseño que casi siempre son grandes, pesados y costosos. Asunto Impreso se especializa en la venta de volúmenes sobre arquitectura, cine, artes plásticas, diseño, fotografía, y aunque esta no es la única sucursal, es la más linda.

Foto (CC): Antonio Vázquez