Buenos Aires tiene sobre algunas de sus calles adoquinadas, unas arterias de metal que no conducen a ningún lado. Son las vías de los precoces pero ya extinguidos tranvías. Aquellos que inspiraron, cuando aún funcionaban, a Oliverio Girondo para titular su libro Veinte poemas para ser leídos en el tranvía.

En esa obra, el autor de Exvoto (o las chicas de Flores”) se despachaba con este conocido párrafo en su prólogo:

Yo, al menos, en mi simpatía por lo contradictorio -sinónimo de vida- no renuncio a mi derecho de renunciar, y tiro mis Veinte poemas, como una piedra sonriendo ante la inutilidad de mi gesto.

Tratar de hacer caso al imperativo del título de Oliverio es casi un imposible, debido a la extinción de este medio de transporte que supo formar parte de la cotidianidad porteña. Los primeros tranvías (¡a caballo!) comenzaron a funcionar en Buenos Aires allá por 1863 y se fueron modernizando y adaptando a la vida de los ciudadanos con el paso del tiempo. Pero en 1961 el gobierno decretó su eliminación como consecuencia de la “obsolescencia y enorme déficit”.

Hubo que esperar hasta 1963 para que finalmente no quedara ninguna línea en pie: triste modo de celebrar que ese año podría haberse cumplido un siglo de tranvías en la ciudad.

Más arriba dije "casi un imposible”. Porque aunque no funcionen como medio de transporte urbano, hoy existe la Línea de Tranvías Históricos en Caballito. Todos los sábados, domingos y feriados, se puede disfrutar de paseos gratuitos en los distintos coches que forman la flota colección.

Los paseos salen cada 20 minutos, pero hay que ir preparado para hacer cola durante un rato largo. Es que hay más de uno que no renuncia a su querido transporte obsoleto, y lee rápido los Veinte poemas de Girondo durante lo que dura el paseo, sonriendo ante la inutilidad de ese gesto.

Foto: El gallo en alpargatas