Tras un portón metálico negro sin cartel nos espera, creemos, Frank's. Tocamos el timbre y se abre una ventanita en la que un par de ojos, todo lo que vemos, nos ladra: "¿Tienen invitación?"

Estamos en la puerta de un secreto palermitano transmitido de boca en boca. Un bar al que se accede con invitación y clave, que se esconde para ser un speakeasy.

Aunque en la era de la difusión y la publicidad parezca contradictorio que un bar se esconda, es la tendencia en las grandes ciudades. Es una contra-estrategia que ha demostrado ser muy eficaz.

En realidad, los speakeasy nacieron en Nueva York , en la época de la Ley Seca. Se trataba de bares en los que se vendía alcohol, pese a la prohibición, a sus clientes más fieles. La relación se entablaba a partir de la confianza mutua y la satisfacción de contar con un secreto-tesoro. Con esa idea juega Frank's, sin ilegalidad, pero con misterio.

Al cruzar la puerta el par de ojos, ahora con pies, nos señala una cabina telefónica. No se ve más nada. Nuestro compañero valiente (siempre tiene que haber uno) se acerca al antiguo teléfono público y marca la clave que nos pasaron. Abrete sésamo, estamos adentro. Desde ese instante queda claro. En Frank's lo que está diseñado no es un bar, sino una experiencia.

Entramos por un callejón adoquinado, que recuerda a miles de películas de Chicago o Nueva York. A la izquierda sorprende una tienda: un sex shop. Juguetes, lencería, accesorios, desde antifaces inocentes a aceites comestibles. Luces tenues, sólo un poco rojizas, nada extravagante ni demasiado chocante. Para comprar, quién dice, a la salida.

El salón tiene unas magníficas arañas, una barra y un entrepiso superior. Madera, cemento y ladrillo forman un ambiente elegante, pero cálido. Y tan sobrio que sobresale como una estrella el mueble de la barra, con más de 100 años, protagonista ante los ojos.

La calidad de los tragos es otro aspecto distintivo del bar. Sostienen que todos los cócteles están basados en la era dorada de la coctelería, que sólo utilizan frutas de estación y que no usan saborizantes artificiales comerciales. Los chicos que preparan los tragos no disimulan un cierto aire british y la mayoría de ellos hacen de cada preparación una artesanía.

La mayoría, porque debo haber sido la única persona con una mala experiencia en la barra. Pedí un egg nogg, que el muchacho que me atendió no sabía hacer. Un compañero suyo lo preparó de tal modo que hasta se juntó gente a mirar como lo hacía, como de ese huevo crudo sobre mi vaso podía hacerse un apetitoso trago, lleno de texturas. Pero en la confusión dieron mi vaso a otra persona, y el artesano del egg nogg se negó a volver a hacerlo. Tuve que ver al muchacho inicial, leyendo la receta, haciéndome algo que, puedo garantizar, no se parecía al primer trago. Protesté (ufa), pero no me quejé mucho, no me gusta la gente que hace papelones. En fin, para desquitarnos de estas pavadas existe Internet.

La clave no es para nada difícil, hay que saber mirar, pero a veces cambia. No voy a decírselas, no me lo perdonaría, sería como spoilear que Bruce Willis estaba muerto en Sexto Sentido.

La dirección, según la página de Frank's tampoco puede develarse, pero está en todos lados (¡en la misma página!). Sí voy a pasarles los datos para que puedan hacer una reserva, recomendación que les ofrezco porque, si bien nunca se llena, a veces es difícil conseguir asiento: el teléfono es 4777-6541 y el mail hola@franks-bar.com. Dicen por ahí que, si reservás, te dan algunas pistas para llegar y entrar.

También dicen que es lugar ideal para impresionar a alguien y que hacen el mejor Manhattan (whisky, vermouth dulce y bitter) de Buenos Aires.

Foto: Black Book Mag | Galería: Glam out