Hace doscientos años, cuando las revoluciones de independencia se multiplicaban en América Latina transformando el panorama colonial, Buenos Aires era todavía una especie de gran aldea. Con la emancipación llegó también la necesidad de pensarse como nación; con la libertad, el deber de construir un orden nuevo que garantizara un desarrollo que nos pusiera "a la par" del mundo colonialista occidental.

En aquel entonces, sobre este territorio se levantaban bajas construcciones blancas; era un pueblo de arcos, muros gruesos, tejas y retículas ortogonales que daban forma a las calles. La superficie que hoy conocemos, irregular y claramente definda por la avenida General Paz se encontraba lejos y lo que hoy es una sucesión interminable de edificios, uno tras otro, era una gran extensión verde, llana y sin gente.

Poco a poco, la ciudad se fue poblando y extendiendo hacia el occidente, hacia el norte y hacia el sur. La cara dada al río -antes virgen- se hizo más larga y alta, y lo que un viajero veía en 1800 al llegar al puerto de Santa María del Buen Ayre nada tenía que ver con la imagen -un siglo después- de un pueblo que supo ponerse a la altura de lo que el mundo le exigía para tomarlo en cuenta.

De ahí la grandeza de Buenos Aires (el "somos grandes, che"), de ahí el orgullo canchero de ser Europa en Latinoamérica. Suntuosa, enorme, a principios del siglo pasado Buenos Aires le daba tres vueltas a cualquier ciudad de este continente que todavía se ocupaba de sacudir el polvo colonial y trazar sus fronteras.

Cien años después de la Revolución, Buenos Aires era un gran proyecto. Criollos e inmigrantes se empeñaban en construir una ciudad futura, una metrópolis. Hábiles y rápidos, lograron convertir la capital argentina en un referente cultural a nivel mundial.

Ante toda esta grandeza hay algo que, obstante, me hace preguntarme cuál es el costo de un desarrollo maravilloso y ejemplar como el porteño. De Argentina me sorprende el centralismo imperante. La ciudad se hace más y más grande, la mayor parte de la población nacional vive en la provincia de Buenos Aires. El sueño dorado de 1910, de algún modos se llevó a cabo, ¿qué sigue? En una ciudad enorme y que a veces parece no dar abasto, ¿cómo debería ser el proyecto Buenos Aires siglo XXI? ¿Será tiempo de mirar hacia afuera?

Foto: Buenos Aires Ciudad