Almagro, tres de la mañana de una madrugada de otoño. Dos o tres quioscos enrejados con la luz encendida, un tipo o una mujer adentro dispuestos a venderte con desconfianza alguna impertinencia por entre los barrotes de su pequeña cárcel paranoica (cualquier cosa que quieras a esa hora resulta inoportuna). Almagro, tres de la mañana. Dos perros con hambre revuelcan la basura ya antes esculcada por manos humanas en busca de tesoros; en Corrientes un par de sitios aún ofrece qué beber; el frío es punzante, picante, y la luna empieza a dar la espalda. Bajo la luz tenue y amarilla, la falsa fachada de un templo evangélico es excesivamente vigilada por varios hombres. Al doblar la esquina, flores.

Flores que salen por las bocas los lugares repletos, flores de colores fuertes que se atraviesan vivas en el andar de caminantes improbables. En el interior de los negocios (florerías) parece que el sueño ha pasado con efecto dominó, todos están derrotados. De repente, un viento de río lejano se levanta y hace caer un par de macetas con un estruendo multiplicado por el silencio de madrugada, el golpe acaba con el descanso del vendedor durmiente que se levanta precipitado y también cae.

Almagro, tres de la mañana. El taxi, con su murmullo, rueda sin obstáculos por las calles llenas de pétalos.

-¿Por qué están abiertas toda la noche?-, pregunto curiosa cuando pasamos por allí, queriendo acabar finalmente con la duda que nos ronda desde hace rato.
-Quedó la costumbre, acá estaba antes el Mercado de las Flores. Si necesitás flores acá las podés conseguir toda la noche. Las flores llegan temprano y se venden temprano, los de las florerías las compran a esta hora para poder venderlas en la mañana. Duran poco, un día, luego hay que tirarlas.
-¿Ahora dónde queda el Mercado?
-En Barracas, por la avenida Vélez Sársfield... ¿Viste el templo evangélico? Antes estaba ahí pero el transporte de flores ocupa mucho espacio y se armaba un quilombo con todos los camiones, no hay espacio.
-Claro...
-En cualquier parte un ramo de rosas te sale veinte mangos, allá cien rosas te salen veinte pesos. Pero bueno, hay que ir a esta hora...
-¿Y acá también son más baratas?
-No... Tal vez un poco, pero es más o menos lo mismo... Lo que tiene es que las conseguís ahora.

La conversación no duró mucho más y yo me quedé pensando si algún día querré comprar flores antes del amanecer. Quizás.

Foto: Buenos Aires Ciudad