El sábado al mediodía me crucé con una esquina del barrio de Villa Crespo que no tenía del todo vista. Allí, en Ramírez de Velazco y Acevedo se ubica un restaurante que se llama Almacén Purista.

Desde el vamos me tentó la idea. Como buena vegetariana, un lugar que sólo cocinara comida libre de carnes y de forma saludable me resultó muy atractiva. Claro que entré.

Sólo tiene un par de mesas por lo que tuvimos que esperar. Afortunadamente la espera no fue demasiada y antes de los 30 minutos ya estábamos ubicados en nuestros lugares.

A partir de ese momento, la experiencia se transformó en una montaña rusa de grandes y horribles momentos. Acá les hago el repaso.

Primera mala. Estuvimos sentados cerca de 15 minutos en la mesa todavía sucia de la comida de la pareja anterior. Nosotros mismos debimos correr cosas, envolver en un mantel de papel lo que ya nos daba demasiado asco observar y no apoyarnos sobre la superficie.

Segunda mala. La moza jamás dio cuenta de nuestra existencia. Una chica morocha de malos modos y claramente algo enojada con la vida ni se acercó y cuando nos dirigió la palabra allá a lo lejos de la mesa, casi que nos gritó.

Una buena. Cuando luego de casi una eternidad nos cambiaron el mantel, nos trajeron platos limpios y vasos que no daban asco, también vino la panera más rica que probé en mi vida. De elaboración propia, se trata de un pan con finas hierbas suave, calentito y soñado. Estuve a punto de preguntar si vendían para llevar.

Tercera mala. Cuando llegó mi plato pensé que me estaban cargando. Pedimos una hamburguesa de lentejas con queso y papas al horno y un pastel de papas que tenía base de verduras.

El plato de la hamburguesa con papas era normal. Las papas muy ricas, las lentejas bastante insípidas. El problema fue el pastel. Ínfimo, del tamaño de una entrada y era uno de los platos más caros de la carta. ¡Encima me lo recomendó el mozo! Una burla al cliente.

Cuarta mala. Desde que trajeron los platos a la mesa hasta que terminamos de comer intenté pedir más pan y la sal. Dos cosas relativamente simples creo. La sal llegó 20 minutos después de pedida dos veces y porque yo me paré a buscarla de otra mesa.

Terminé de comer y aún la panera estaba vacía. La moza, misma de antes, retiró los platos sin jamás acusar que dos pedidos expresados varias veces y en los más variados volúmenes no habían sido solucionados. Una vergüenza.

Nos fuimos. Ni pregunté si vendían pan para llevar y dejamos lo mínimo de propina por una cuestión básicamente de respeto. Horrible. Me sentí cargada, medio estafada y hasta agredida.

Yo no vuelvo. Si ustedes quieren hacer su experiencia con la secreta esperanza que les vaya mejor que a mí, pasen por Ramírez de Velazco 701 de lunes a sábado de 9 a 24 y los domingo de 9 a 20.

Foto: Flickr