Buenos Aires es conocida por sus museos. En la ciudad porteña existen más de una decena de instituciones, entre las cuales se destaca el Museo Isaac Fernández Blanco, ubicado en pleno barrio de Retiro, escondido entre residencias y a pocos metros de la Avenida del Libertador.

El foco del museo reside en el Arte Hispanoamericano, con una exhibición de las primeras colecciones de Argentina, concentradas fundamentalmente en la historia y la genealogía. Así fue como se recolectaron títulos de hidalguía de las familias, además de escudos de armas y cartas. Con el correr del tiempo, se fueron guardando retratos y pinturas, siempre exhibiendo un interés por el período colonial que había finalizado no hacía muchos años.

Reyes, virreyes y otros íconos de la colonia pueden encontrarse retratados en el Fernández Blanco, junto a vestimenta típica de la época, y elementos de plata característicos de Bolivia, Perú y el Río de la Plata. Otro aspecto interesante es la presencia de libros antiguos, de la época de la colonia española en Argentina (o mejor dicho del Virreinato del Río de la Plata), mobiliario español e indígena, y muchas otras cosas más.

Por su parte, Isaac Fernández Blanco, el coleccionista que le da nombre al Museo, heredó la colección de arte de su padre a finales del siglo XIX, mientras aún vivía en Europa. Desde ese entonces, Fernández Blanco se dedicó a coleccionar instrumentos musicales antiguos, pasión que reemplazó cuando volvió a Buenos Aires con la adquisición de objetos típicos de la época de la colonia, como peinetones, abanicos, y muebles, además de juntar toda la documentación que podía encontrar.

Los empleados de Fernández Blanco recorrían el país de norte a sur buscando objetos antiguos. Si conseguían encontrar cualquier antigüedad perteneciente a los antepasados de las diferentes familias del país, ese hallazgo pasaba a formar parte de la colección de Fernández Blanco. En 1920, Fernández Blanco decidió convertir su entonces domicilio en un museo para que todas las personas pudieran observar su colección del pasado americano.

Originalmente, el Museo se encontraba ubicado en la calle que ahora conocemos como Hipólito Yrigoyen, en un caserón antiguo de principios del siglo XIX. Pero llegada la mitad del siglo XX, en 1947, el Fernández Blanco se mudó a su actual ubicación, en el Palacio Noel de la calle Suipacha 1422. En ese mismo lugar, el arquitecto Martín Noel había inaugurado su Museo Colonial, cuya colección se sumó a la de Fernández Blanco para ampliar un poco la mirada sobre el pasado del pueblo.

Con el correr del tiempo, se irían sumando nuevas colecciones, como la de Celina González Garaño, agregada a fines de los años ’60 con unas 750 piezas de arte americano. Desde el año 2000, se inició una nueva etapa en el Museo, dado que los mismos profesionales formados por el Fernández Blanco se hicieron cargo de su conducción. Así es como se generaron algunos cambios, a los cuales tenemos que agradecer por el cambio que encontramos en el museo hoy en día.

Cuando ingresamos al Fernández Blanco, parece que nos aisláramos del ruidoso barrio de Retiro. A pesar de estar sólo a media cuadra de la Avenida del Libertador, la paz es lo que reina en el museo, y se puede tener una visita sin sobresaltos, quizás con la excepción de algún que otro tropezón en las puertas clásicas, de la época de la colonia, que tienen un marco bastante peculiar. Aunque su fachada, de arquitectura neocolonial con claros tintes europeos, nos hace pensar que se trata de un edificio un poco pequeño, una vez que entramos nos encontramos con la inmensidad del Museo, que logra hacer mucho con relativamente poco espacio, si lo consideramos comparativamente con otros museos.

Además de un amplio patio (y una colección no oficial de gatos que son los residentes oficiales del Fernández Blanco, de todos los tamaños y colores), se encuentran diferentes salas dedicadas a los muchos momentos de la historia del Virreinato suramericano. Algunas de las piezas son impresionantes, sobre todo para los fanáticos de la historia que siempre tienen ganas de descubrir algo nuevo.

Además de sus colecciones permanentes, el Fernández Blanco tiene una ajetreada agenda de actividades, de las cuales podemos destacar una para darles una excusa para visitarlo: En busca del tiempo perdido. Un recorte de vida cotidiana, 1880-1910, una colección curada por Patricio López Méndez que recrean la experiencia de vivir en la época en la que el museo fue creado. La entrada general es de $1 y el museo se puede visitar de martes a viernes de 14 a 19, y sabados, domingos y feriados de 11 a 19.

Foto: Por Descubrir