Ya les hemos hablado en varias oportunidades sobre el Cementerio de la Recoleta, una de las maravillas arquitectónicas de Buenos Aires ubicada en el barrio del mismo nombre. Sin embargo, el post de hoy es especial, porque este 17 de noviembre es un nuevo aniversario de la fundación del Cementerio, allá por 1822.

El país era joven: habían pasado apenas 12 años desde la declaración de independencia de la Revolución de Mayo, y aunque las cadenas con España no serían totalmente rotas hasta 1816, Argentina prosperaba. Y por supuesto, también avanzaba su capital, la flamante Ciudad de Buenos Aires, que después de ser una aldea portuaria ahora estaba incrementando su población. En ese año, la ciudad decidió que también necesitaba un cementerio, por lo que el de Recoleta es el primer cementerio público de la Ciudad. Fue inaugurado durante la gobernación del entonces presidente Martín Rodríguez.

Los frailes recoletos llegaron a la zona, que no tenía el glamour de hoy día, a comienzos del siglo XVIII. El convento fue lo primero que construyeron, que más tarde se transformó en la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar, ubicada al lado del Cementerio. La orden fue disuelta también en 1822, y Rodríguez, junto a Bernardino Rivadavia, su ministro de Gobierno, transformaron la huerta del convento en un Cementerio.

¿Cómo llegó a ser Recoleta la zona que conocemos hoy en día? Durante la epidemia de fiebre amarilla de mediados de ese mismo siglo, los miembros de la clase alta, que por ese entonces moraban en San Telmo y en Monserrat, se mudaron a la zona norte de la Ciudad, exactamente a Recoleta. Por eso, podemos ver en el barrio construcciones arquitectónicas impresionantes, de mucho lujo, y esto se trasladó también a la estética del cementerio, que por estos tiempos ya es considerada una de las necrópolis más imponentes del mundo.

Aprovechemos este nuevo aniversario para tomar la oportunidad de visitar el cementerio de la Recoleta. Hay muchas visitas guiadas que nos permiten conocer el interior del Cementerio, su historia fantástica, y las que aquellos que allí moran en la otra vida. Un dato curioso: aunque ahora es un símbolo de la elegancia de la clase alta, sus dos primeros moradores fueron de origen humilde: el niño Juan Benito, y María Dolores Maciel.