Buenos Aires, Buenos Aires... Seguramente nos cansamos de decir el nombre tantas veces, de leerlo todos los días, de escucharlo por los medios. Y también, seguramente no nos preguntamos de dónde viene el nombre. Vamos a aprovechar la ocasión histórica para hablar un poco de ello: un 27 de noviembre, pero de 1893, Buenos Aires adquirió su nomenclatura, con la unificación de los barrios que en ese entonces la formaban.

Como les contamos en el último post sobre la Historia Porteña, Buenos Aires le debe su nombre en realidad a Pedro de Mendoza, el primer fundador de la ciudad, quien en 1536 instaló la primera "ciudad" en nuestras llanuras. Allí se elevó, en una zona que aún no ha sido determinada por los historiadores, el primer fuerte llamado Nuestra Señora del Buen Ayre. La señora del Buen Ayre, una de las múltiples apariciones de la Virgen María en el catolicismo, era la patrona de los navegantes españoles en sus aventuras, y así le pareció apropiado a Mendoza llamar a la primera instalación porteña.

El fuerte, luego del fallecimiento de Mendoza, fue destruido y abandonado, pero finalmente Juan de Garay, quien estuvo adelante de la segunda fundación de la Ciudad, regresó a la zona para darle una nueva oportunidad. En esta ocasión la ciudad se llamó Ciudad de la Santísima Trinidad, pero su puerto continuó llamándose "del Buen Ayre". En 1776, cuando en Europa ardían los deseos de revolución, fue fundado el Virreinato del Río de la Plata (sí, aquel río ancho como el mar que los españoles sospechaban llenos de metales preciosos, para su gran decepción), y Buenos Ayres fue elegida su capital.

¿Y el nombre, entonces? Por mucho tiempo, se creyó que un hombre llamado Sancho del Campo había sido el encargado de nombrarla. En la obra La Argentina Manuscrita, de Ruy Díaz de Guzmán, se dice que este navegante bajó del barco y sus primeras palabras fueron: "¡Qué buenos aires son los de este suelo!". Pero por supuesto, la historia era demasiado buena e interesante como para ser verdad: finalmente, después de una larga investigación, se concluyó que el nombre fue dado gracias a la devoción que tenían los marineros por la virgen.

Durante la fundación de Garay, el conquistador quería que la ciudad se llamara Trinidad, porque habían desembarcado en las tierras en la fecha de esa celebración religiosa. Pero los locales ya estaban acostumbrados al nombre de Buenos Aires, y no fue tarea fácil acostumbrarlos a uno diferente. Sus esfuerzos fracasaron. Y he aquí una curiosidad: en realidad, el nombre de Buenos Aires nunca tuvo una proclamación oficial, sino que se instauró gracias al uso cotidiano de los habitantes. Con el correr del tiempo, este uso se oficializaría, pero lo interesante es que no se produjo por las intenciones de una autoridad, sino por sus propios habitantes.

Foto: Histarmar