Lo escuchamos una y otra vez, y la verdad es que parece que no hay una posición intermedia: con las palomas, los porteños tienen dos sentimientos. O las aman, o las odian. Es cierto que hay más miembros del segundo grupo, y la novedad que les contamos hoy simplemente sirve para confirmarlo: los vecinos de Recoleta están cansados de las palomas, y preocupados por su abundancia.

Los vecinos han afirmado que el número de palomas se ha incrementado considerablemente, sobre todo en barrios como Palermo, Retiro y Monserrat. Pero los residentes de Recoleta se han levantado en armas, y están realizando una infinidad de denuncias contra estas criaturitas aladas que tantos problemas traen. ¿El argumento de los vecinos? Ensucian los balcones y hacen nidos en las macetas, lo que a su vez hace que incremente la cantidad de moscas y ¡piojos! en el barrio.

Como por ley está prohibido atentar contra la vida de las palomas, los vecinos están probando una serie de remedios caseros para poder ahuyentarlas. Algunas de las prácticas más comunes son la "instalación" de bolsas de plástico en los balcones, que asustan a las aves cuando hay viento, hasta, de la misma forma que los conductores evitan multas fotografícas, CDs que brillan con el sol.

Otros son más arriesgados y utilizan bombas de estruendo para echarlas. Hasta recurren a pegamentos que las hacen sentir desequilibradas, y, con pura violencia, soportes con púas para que no se posen sobre los balcones. En Roma, por ejemplo, las autoridades prohibieron a residentes y visitantes dar de comer a las aves, para evitar el crecimiento de su población (estadísticamente, la cantidad de palomas puede triplicarse en tan sólo un año). Pero Buenos Aires carece de una reglamentación similar.

"Ratas del aire", las llaman algunos, pero quizás la solución no es eliminarlas (como afirman los más drásticos que acuden a las veterinarias buscando veneno para erradicarlas) sino tal vez reubicarlas. Sin embargo, parece una tarea difícil, casi imposible. No buscamos iniciar un debate al respecto (por supuesto, matar animales está fuera de la cuestión), pero queda en manos de las autoridades definir cómo solucionar el problema de los vecinos del barrio, que padecen todos los días a estas "criaturitas de Dios".

Foto: Rastrauskas