En el entorno de la Plaza San Martín, es posible encontrar varias construcciones que enriquecen notablemente el patrimonio arquitectónico de Buenos Aires. Una de ellas es el Edificio Kavanagh, que hoy cumple 76 años de existencia y tiene muchos atractivos: ser el primer rascacielos porteño, haber recibido una serie de galardones y tener una curiosa historia amorosa detrás.

Su inauguración fue el 3 de enero de 1936 y, desde ese momento, ya hay algunos detalles curiosos: de estilo art decó, fue en su época el edificio de hormigón armado más alto de Sudamérica, alcanzando los 120 metros de altura. También fue el primero en tener aire acondicionado, aunque incluso en la actualidad carece de portero eléctrico y cocheras.

Sin embargo, lo más llamativo fue cómo surgió la idea de construir semejante edificio. La leyenda cuenta que una hija Corina Kavanagh, perteneciente a una familia adinerada pero no miembro de la aristocracia de Buenos Aires, se habría enamorado de un hijo de los Anchorena, quienes vivían en el que hoy es conocido como Palacio San Martín y tenían la Iglesia del Santísimo Sacramento.

Al mejor estilo de grandes clásicos de la literatura, la familia Anchorena prohibió el casamiento de la pareja, lo cual llevó a que los Kavanagh encararan una llamativa venganza: diseñar un rascacielos que atrayera todas las miradas, mientras le quitaba protagonismo a la Iglesia vecina y entorpecía el paisaje privilegiado del cual gozaban sus enemigos.

Actualmente, posee 33 pisos, 113 departamentos, 13 ascensores y locales comerciales, además de un gimnasio, pileta, talleres de lavado y planchado, cámara frigorífica, sistema telefónico central y depósitos de seguridad. Por sus características únicas, fue reconocido como Patrimonio Mundial de la Arquitectura de la Modernidad y Monumento Histórico Nacional, aparte de recibir el Premio Municipal a la mejor Fachada y el de Casa Colectiva.

Hay quienes dicen que la historia de Corina Kavanagh no fue realidad, porque su madre murió antes de comenzar la construcción y el Palacio San Martín ya pertenecía a la Cancillería Argentina en esa época. De todas maneras, le agrega un elemento más a esa magia que se puede encontrar recorriendo las calles porteñas.

Foto (CC): Jon Gilbert Leavitt