“¡Buenos Aires es un sauna!”, dijo una amiga mientras salía al rayo del Sol. Es que nadie puede dejar de mencionar la feroz temperatura de esta ciudad tan húmeda. En especial, la gente que espera el semáforo en rojo en plena esquina de Diagonal Norte y 9 de julio. Es cierto que esos densos minutos de agobio estival se hacen insufribles; sin embargo, no hay por qué quejarse. En el corazón de la metrópolis siempre hay un aire acondicionado cerca, normalmente en un supermercado o local de comidas rápidas al que acudir en caso de emergencia y en el cual aprovechar, como quien mata dos pájaros de un tiro, la compra de algún refresco bien helado. Eso sin contar que en casa tenemos heladera, agua corriente, ventilador y podemos andar en shorts y chancletas durante el fin de semana.

Pero, si el porteño promedio de hoy se queja, ¿qué tendría que decir la gente del Buenos Aires de 1905? Sin refrigeración ni rascacielos que los ampare, sumado a la norma social de vestirse hasta los tobillos y considerando los cortes de agua que tenían que padecer. Definitivamente, debe haber sido muy duro. “Figúrese que mamá, que es un poco gruesa (ciento y pico de kilos a ojo de buen cubero), estaba sofocada con el calor horroroso y decidió refrescarse”, el periodista de Caras y Caretas, que responde al seudónimo Molécula, relata el discurso de una jovencita porteña. “Bueno, se fue al fondo – nos dijo ruborizándose ligeramente – abrió la canilla y ¡ni una gota de agua! Cuando se convenció de la triste realidad, le dio una especie de vahído. Se le pusieron los ojos en blanco, los dientes muy apretados, comenzó a dar saltos y a mover los brazos y las piernas hasta que cayó”.

La opinión pública de la época (al menos la que transmitía la revista y por supuesto, habría que considerar al mínimo porcentaje participante de la población real) culpaba a los gobernantes de turno por “el día vergonzoso que hacía”, porque no corría “ni una gota de aire” y el calor era “bochornoso”. Claro está que el señor intendente de la ciudad no era ningún dios y su comitiva tampoco podía manejar el clima, pero quienes tenían oportunidad de dar su punto de vista al respecto, ponían en tela de juicio la idoneidad de los funcionarios. “Yo no sé para qué sirve el Rosetti ese”, dice la madre de la señorita, en referencia al intendente de la ciudad. “¿Qué le costaría presentar un proyecto para que se colocaran grandes ventiladores en todas las bocacalles y un toldito barato en la ciudad?”. ¿Se imaginan una hélice de helicóptero en cada esquina? Varios hubiesen quedado sin cabeza nomás pisar la vereda.

Fuente: Caras y Caretas, edición 329 del 21 de enero de 1905
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